“Escuchar al cuerpo” es una frase que circula mucho, casi como una verdad incuestionable. Pero, ¿qué significa realmente?
Muchas veces se la presenta como si el cuerpo hablara de forma directa, pura, objetiva. Como si alcanzara con “prestar atención” para saber qué necesitamos. Sin embargo, el cuerpo no habla solo. Siempre hay una mente que interpreta eso que sentimos.
Y esa interpretación no es neutra. Está atravesada por nuestra historia, por los mandatos que fuimos incorporando, por experiencias previas con la comida, por la cultura, la edad, incluso por lo que aprendimos a considerar válido o no como necesidad.
Entonces, cuando decimos que escuchamos al cuerpo, también podríamos preguntarnos: ¿qué cuerpo estamos escuchando? ¿el cuerpo que tenemos hoy, o uno idealizado? ¿desde qué aprendizajes estamos leyendo esas señales?
Escuchar implica interpretar. Y toda interpretación es, necesariamente, subjetiva.
El problema no es interpretar —eso es inevitable—, sino cuando esa lectura se vuelve rígida, única, incuestionable. Cuando deja de ser una herramienta flexible y pasa a funcionar como una regla.
Porque no toda interpretación lleva a una acción, y no toda acción es la única posible. A veces sentimos algo y lo traducimos rápidamente en una decisión, sin abrir otras lecturas: “esto no es hambre”, “esto es ansiedad”, “esto debería ignorarlo”.
Quizás la propuesta no sea dejar de escuchar al cuerpo, sino complejizar esa escucha. Escuchar con curiosidad. Interpretar con más de una posibilidad. Y permitirnos decidir sin quedar atrapadas en una única lectura.
Tal vez ahí, en ese pequeño movimiento, la relación con el cuerpo se vuelve un poco más amable.
